Cuatro pilares en la literatura de sicarios en Medellín- Artículo en la Revista Universidad de Antioquia # 355

 

Revista Universidad de Antioquia # 355 Mayo -Agosto 2025


























Los libros, películas y series que tocan el tema de la violencia tienen una amplia tradición en Colombia. Tanto en  el país como en la literatura, bien sea de ficción ─periodística o relatoría histórica─, el conflicto tiene diferentes orígenes y, como tal, ha sido abordado;  existen exponentes de las diferentes confrontaciones por luchas políticas o partidistas, por enfrentamientos con el Estado (lucha armada o guerrillera, paramilitarismo, narcotráfico, o cruzada entre los diferentes protagonistas), desplazamientos rurales o intraurbanos, delincuencia común, asesinos en serie, violencia intrafamiliar, conflictos barriales, etc. Esta narrativa se ha expresado en muchas vertientes, más allá de lo puramente delictivo: narco-novela, narrativa del narcotráfico, novela sicaresca, narrativa de las drogas, narco-narrativa, novela negra, novela policial, novela de crimen, narco-realismo, narco-miseria, etc.[1]

En cuanto a la derivada del tráfico de drogas, es importante diferenciar entre los términos "narco-literatura" y "novela del sicariato". Aunque ambos conceptos se refieren casi siempre al mismo fenómeno, se distinguen por su uso geográfico y la especificidad temática.  El primero se ha difundido en México, España, USA, Chile, Colombia, Centroamérica, etc. El término "novela del sicariato" se utiliza principalmente en Colombia para referirse a novelas que narran historias sobre sicarios. La denominación se ha condensado como “sicaresca”, porque estas obras a menudo se comparan con la novela picaresca española debido a las similitudes y diferencias entre las figuras del pícaro y el sicario, de acuerdo con la denominación que hizo el escritor Héctor Abad Faciolince en un artículo ya clásico[2], que institucionalizó la utilización del término, aunque haya generado varias controversias que no lo aceptan de manera unánime.[3]

Como bien lo especifica Osorio (2015), tanto la denominación como la tradición fue más fuerte en Medellín, aunque posteriormente se hizo extensiva a toda la nación, pues los sicarios son comunes a todas las estructuras mafiosas y actúan en las diferentes regiones. En este sentido, el autor concluye que la novela del sicario en Colombia designa el corpus de “novelas con personajes sicarios, cuya acción (o la parte más importante de ella) se desarrolla en Colombia… es una literatura cuyos protagonistas y cuyo espacio remiten a un fenómeno socio-histórico específico” (p. 94). Esta literatura ha tenido una amplia acogida por parte de los lectores y se ha visto reflejado en copias piratas que infestan las calles y en adaptaciones tanto para el cine como para la televisión con productos de desigual calidad, aunque con la respuesta masiva de los consumidores, no tanto de la crítica ni de la academia.



[1] JASTRZĘBSKA, A. S. La sicaresca colombiana: la corriente narco como relectura del cánon literario. Relecturas y nuevos horizontes en los estudios hispánicos. Vol I. Literatura: poesía y narrativa, 169-177.

[2] Abad-Faciolince, H. (2008). “Estética y narcotráfico.” Revista de Estudios Hispánicos 42, pp. 513-518.

[3] Osorio, O. (2015). La" Sicaresca": de La agudeza verbal al prejuicio crítico. Poligramas, (41), 75-96.


























Asesinos por contrato han existido siempre, encargados de liquidar por un pago a víctimas de los diferentes conflictos o enfrentamientos entre los poderes o por distintas motivaciones. Pero en la década de los ochenta aparece ante la sociedad la figura del sicario, un asesino a sueldo, la mayoría de las veces un adolescente que se encuentra apoyado por una organización mafiosa o paramilitar para cometer sus delitos. Y en Colombia, sumergida en uno de los conflictos más largos y sangrientos del siglo XX en el mundo, esa figura se hace relevante y masiva, pues los combos de asesinos que habitaban las barriadas (“comunas”) de las grandes ciudades colombianas se multiplicaron de manera exponencial, sobre todo en Medellín. No hay carga ideológica, simplemente es un trabajo como cualquier otro. No hay culpa, hay claridad de que la vida es corta y la muerte acecha a la vuelta de la esquina.  La moto y el arma de fuego es su dotación. La “protección” la obtienen de la bendición materna (que usualmente hace ojos ciegos a la forma de conseguir dinero de su hijo, prefiere no preguntar o desentenderse del asunto) y de insignias religiosas como escapularios, toques de agua bendita en cuerpo y balas, iconos con veladoras en un altar en casa o en las iglesias y estampas que guardan en los bolsillos o junto al pecho en el lado del corazón. Usualmente es un menor de edad en condiciones de pobreza, sin escolarización, hijo de madre soltera, padre o figura paterna ausente, víctima de diversos abusos y deprivaciones en su infancia.  El contacto con el mundo real lo consigue con la socialización que logra con la tropa callejera de sus pares, “el combo” o la banda, quien le ofrece patrones de emulación o reconocimiento, en la cual pone a diario en juego su arrojo o puntería, en la manera en que “prueba finura” atendiendo los requerimientos que le hacen a manera de encargo. Mientras tanto, da rienda suelta al consumismo con el dinero que va obteniendo, sobre todo de ropa de marca, electrodomésticos y juguetes tecnológicos y al consumo de drogas, marihuana, pastillas y todo tipo de estupefacientes. Todo lo anterior, enmarcado en el amor profundo y exhibicionista por la figura materna, madre, abuela, tía o hermana mayor, a la sobreprotección de hermanos menores y a la relación celotípica con la novia.

Colombia ha tenido novelas que narran el fenómeno desde diferentes perspectivas, con disímiles narradores, explorando situaciones distintas, pero con elementos comunes en cuanto a la tematología y la carga de violencia. Las más conocidas son El sicario (1988), de Mario Bahamón Dussán; Ganzúa (1989), de Luis Fernando Macías; Sicario (1991), de Alberto Vázquez-Figueroa (escrita por español, ambientada en Colombia); El Pelaíto que no duró nada (1991), de Víctor Gaviria; La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo; Morir con papá (1997), de Óscar Collazos; Rosario Tijeras (1999), de Jorge Franco; Sangre ajena (2000), de Arturo Alape; Hijos de la nieve (2000), de José Libardo Porras; La cuadra (2015 ), de Gilmer Mesa.

Muchas otras novelas han referenciado tangencialmente el asunto del sicario, de manera indirecta o accesoria, pues su tema principal es la violencia, usualmente asociada al narcotráfico o al paramilitarismo. En orden cronológico, algunas de  estas novelas son: Coca: novela de la mafia criolla (1977), de Hernán Hoyos; El cadáver de papá (1978), de Jaime Manrique Ardila; La mala hierba (1981), de Juan Gossaín; El Divino (1986), de Gustavo Álvarez Gardeazábal; Leopardo al sol (1993), de Laura Restrepo; Cartas cruzadas (1995), de Darío Jaramillo Agudelo; El zar, el gran capo (1995), de Antonio Gallego Uribe; En voz baja (1999), de Darío Ruiz Gómez; La lectora (2000), de Sergio Álvarez;  Quítate de la vía, Perico (2001), de Umberto Valverde; Comandante Paraíso (2002), de Gustavo Álvarez Gardeazábal, Angosta (2003), de Héctor Abad-Faciolince, Batallas en el monte de Venus (2003), de Óscar Collazos; Delirio (2004), de Laura Restrepo; El Eskimal y la Mariposa (2004), de Naum Montt; Sin tetas no hay paraíso (2005), de Gustavo Bolívar; El ruido de las cosas al caer (2011), de Juan Gabriel Vásquez;  Familia. La novela amoral de Antioquia (2015), de Jairo Osorio; Era más grande el muerto, de Luis Miguel Rivas (2017).

Y otro texto fundamental que sin ser novela profundiza en el análisis del sicario como personaje es No nacimos pa´semilla (1990), de Alonso Salazar. Desde el periodismo narrativo, Gabriel García Márquez penetra en los entresijos de este mundo sórdido de drogas, secuestradores y sicarios, secuestrados y negociadores en Noticia de un secuestro (1996). También están los libros-testimonio escritos o dictados por sicarios reales, como El verdadero Pablo: Sangre, traición y muerte. (2015); Sobreviviendo a Pablo Escobar. "Popeye" El Sicario, 23 años y 3 meses de cárcel (2016); Mi Vida Como Sicario De Pablo Escobar (2016); El General de la Mafia (2023), de John Jairo Velásquez “Popeye”. Otra vertiente está en las biografías del capo Escobar (más de 100), y las de su esposa, amante, hermanos e hijo, además de los enemigos, policías y agentes del orden que ayudaron a su captura y muerte.


























En cuanto a la literatura de sicarios escrita en Medellín, hay unos momentos cumbre delimitados por cuatro novelas que marcan el origen, la canonización, el éxito mediático y comercial y la reivindicación literaria del fenómeno en la perspectiva del tiempo y la distancia. A pesar de ser una literatura un tanto denostada, es llamativo que el género de la narrativa sobre sicarios tenga estos hitos ejemplificados en cuatro novelas de autores aceptados en el canon literario colombiano. En las cuatro se vive de cerca y desde adentro el fenómeno, contado por un narrador próximo que no es el sicario, pero está íntimamente ligado a él, se describe y se narra su accionar, su personalidad, sus apegos y desapegos y la colindancia con la muerte ajena y propia, que finalmente termina llevándose a cabo en todos los textos. El entorno es la calle directa, tanto en los barrios como en el centro de la ciudad y muchos de ellos se repiten en las obras.  A continuación, se hace una relación de estas novelas, que marcan el derrotero de casi 40 años de esté subgénero literario.

Ganzúa, la precursora

A Ganzúa, la precursora, la que inauguró esta narrativa escrita en Medellín, unos la ubican en 1987 como Harol Alvarado Tenorio[1]  y Oscar Castro[2]. Estos autores incurren en un error de precisión, pues fue escrita en 1987 y publicada en 1989. Fue realmente la pionera, la primera que les dio voz a estos personajes marginales y pintó, desde adentro, su mundo de malevaje y deprivación (y depravación), en medio de la simpleza y la vida vivida al límite, con la preocupación del día a día. La novela es rompedora en muchos sentidos, pues pone, por primera vez, muchas de las características sobre la mesa; por ejemplo, la premisa de la necesidad de vivir la inmediatez, de asumir la venganza como una obligación vital, de saber que si no se actúa con celeridad es la propia vida la que está en juego: “[…] en este mundo ya no cabe uno de los dos, o me lo llevo o me lleva […]”(p. 48 ). El tema de la muerte que aparece encarnado en un muchacho que de la nada y con arma en la mano hace el atentado, todos son elementos que se muestran y se repiten en las otras novelas que aparecerán después. Incluso Vallejo (1994) en voz de uno de los personajes lo cita con las mismas palabras en su libro, a su vez tomado de la famosa canción vallenata ( La gota fría o Qué criterio, en otras versiones). En esta novela los personajes actúan en el colectivo del barrio, sitiados por la exclusión y la pobreza; se describe una dualidad feroz entre ellos, que actúan juntos para unas cosas, pero se envidian y tratan de hacerse daño, incluso hasta la muerte, en otras. Como en obras posteriores, hay un determinismo trágico y una imposibilidad de redención, que marcan la vida y muerte de los protagonistas. En lo literario hace un planteamiento interesante por una experimentación narrativa no lineal, que va y vuelve del pasado al presente, en una polifonía de narraciones que se articulan con puntos de vista diferentes, cambiando incluso los lenguajes, aunque las situaciones sean las mismas. Hay una especie de “poética” de la fatalidad, sin importar que los hechos ocurridos sean violentos, en medio de odios y traiciones. Como en novelas posteriores, hay un narrador que se diferencia por su lenguaje más refinado, que estando adentro mira el entorno que lo rodea con cierta distancia, a veces crítica, a veces opuesta. Este elemento se repite en las que vendrán después, con narradores ilustrados, o de clase alta, o hermanos no implicados en la delincuencia, pero Macías lo plantó de manera intuitiva y con acierto en su novela, y es evidente que abrió una veta. El libro tiene al menos seis ediciones distintas y le ha sido reconocido su carácter fundacional; aunque leída, estudiada y reconocida su calidad estilística[3], no ha tenido el impacto mediático y comercial de sus sucesoras.



[3] Jaramillo, M. M. Luis Fernando Macias: un escritor atento a sus circunstancias. https://acortar.link/LWU48u

García, Ó. C. (2004). La violencia en Medellín como tema literario contemporáneo. Estudios de literatura colombiana, (15), 79-97.
























La virgen de los sicarios, la canonización del género

Con esta novela, Fernando Vallejo alcanzó el éxito mundial y logró la visibilización de un fenómeno que era local, pero que con su libro logró reconocimiento global. Se hizo evidente ante los medios que se trataba de un texto potente, frenético, muy bien escrito y mejor caracterizado. El narrador, probablemente el mismo Vallejo o un alter ego muy parecido, no se coarta al momento de presentar un lenguaje de gran nivel, teñido de desenfado, desencanto y una cínica manera de presentar la violencia, el amor homosexual con menores de edad, asesinos de profesión que recorrían la ciudad en un desenfreno de homicidios, mientras daban rienda a su frenesí consumista. Tan tranquilo como se compraba un traje de marca, se tiraban todo tipo de electrodomésticos por la ventana, se condolía ante la enfermedad de un perro, o se indignaba por el abuso por un caballo de tiro, mientras se mataba un transeúnte por un acto de descortesía o un taxista por el volumen de la música. Al mismo tiempo, recorrían iglesias, caminaban por las calles de la ciudad y sus alrededores, mientras el narrador evocaba tiempos pretéritos de su vida, lanzando todo tipo de improperios contra las reconocidas malquerencias que atraviesan su narrativa. El tono, teñido de un humorismo que contrasta con las escenas violentas que describe sin ninguna restricción. Al respecto, el historiador Jorge Orlando Melo (1994) plantea:

Todo esto en un estilo admirable y a veces poético. Vallejo, gramático, o presunto gramático, coquetea con las jergas de los sicarios, usa con cómoda indiferencia localismos y antioqueñismos, escribe "verraco" como es, con ve chiquita, se enfurece con los errores de la televisión, y al fin de cuentas escribe con una fluidez y una naturalidad que no tienen parecido en la literatura colombiana de hoy, dejándose llevar alternativamente del cinismo o la sensibilidad, oscilando entre lo conmovedor y lo agresivo.[1]

Fue llevada al cine con gran éxito en el año 2000 por el director Barbet Schroeder, con el mismo título. La película recibió varios premios internacionales, con mención especial en el Festival de Cannes. Como lo enfatiza Silvera (2021), la novela […]realiza un retrato descarnado de la sociedad de Medellín que permite pensar toda una serie de elementos que son fundamentales para comprender los cambios que tuvieron lugar a fines del siglo XX en Colombia.”(p. 58) El autor indica que Vallejo hace notar, entre otras muchas cosas, la relación que existe “entre las sociedades de mercado, el crecimiento demográfico y la emergencia de la figura del sicario, así como las diferentes características que tiene la cultura del sicariato”( p. 58)

Rosario Tijeras, el éxito mediático y comercial

En esta novela, Jorge Franco asume el riesgo y plantea un personaje inédito para entonces, que resultó demoledor en la cultura popular:  la mujer asesina a sueldo, la encarnación del ángel de la muerte en la bella figura femenina, sexi y certera de Rosario, una femme fatale absoluta y novedosa en la literatura latinoamericana. Se plantea un triángulo amoroso entre personajes disímiles, no ajenos a la confrontación de clase y de culturas, en una narración poderosa, escrita por un narrador principiante, pero efectivo y con oficio, gracias a su formación como guionista. Pero la obra no se limita a ponderar la belleza y la frialdad homicida de la protagonista, pues permite conocer la realidad en las comunas, la violencia urbana, el impacto del narcotráfico en la vida cotidiana de la ciudad y la disfuncionalidad familiar que conforma el entorno de esta mujer, marcado por la pobreza, el abuso sexual, la falta de oportunidades y la influencia del entorno tóxico, en contraste con su belleza, pragmatismo e instinto asesino. Y es un personaje con matices: sufre obsesiones culposas y cae en la bulimia compulsiva cuando algún asunto le remuerde la consciencia, algo que la literatura de sicarios no había explorado. La historia y la fuerza de los acontecimientos en unos personajes vigorosos hizo un tránsito natural al cine y a la televisión, en donde contó con sendas adaptaciones a película y serie de gran impacto en la cultura popular, que entronizó a la protagonista en el imaginario colectivo, además de una canción homónima interpretada por el artista Juanes (2005). A diferencia de las otras novelas citadas, en esta se contrasta una representación sicarial mucho más caracterizada por su estilo y su género, más reconocible y definida. Como se describe en el texto,  “a Rosario la vida no le dejó pasar ni una, por eso se defendió tanto, creando a su alrededor un cerco de bala y tijera, de sexo y castigo, de placer y dolor” (p. 15) y agrega: “ Rosario ofrece mil razones para enamorarse de ella. La mía no la puedo especificar, no hubo una particular que me hiciera adorarla, creo que fueron las mil juntas” (p. 34); y remata, “Rosario es de esas mujeres que son veneno y antídoto a la vez. Al que quiere curar cura, y al que quiere matar mata”. (p. 11)

La cuadra, la reivindicación literaria del fenómeno

Cuando se pensaba que el fenómeno de la literatura del sicario estaba un tanto agotado en su fórmula por varios títulos que redundaban en más de lo mismo, en lo que ya se venía llamando “narcomiseria”[2], esta novela de Gilmer Mesa se ganó el concurso de la Cámara de Comercio de Medellín, uno de los más importantes del país, lo cual concitó una renovada atención en una narración vigorosa y efectiva, contada desde adentro, que lograba el equilibrio entre una historia abrumadora, unido a personajes sólidos y un lenguaje que armonizaba lo poético con lo callejero, sin caer en la repelencia del parlache. Y logró capturar la naturaleza de lo que quería contar y reflejar de manera nítida, lo brumoso de una atmosfera viciada por el humo de los cañones de las armas, de la marihuana o la pólvora que acompañaba las celebraciones por los crímenes coronados, y de la bruma de la sordidez pegada en la piel de sus protagonistas. Inicialmente obtuvo la simpatía del público joven que la leyó en descarga gratuita en la página del premio[3]; luego en el voz a voz que la catapultó a una fama en crecimiento constante, hasta convertirla en un longseller en su edición comercial o pirata y a su autor en un personaje mediático y acatado, que manejaba de manera efectiva su extracción popular de la entraña del barrio con la de un académico estructurado, conocedor de los precedentes literarios y socio antropológicos de la ciudad de sus narraciones. La novela capturó la esencia del sicariato desde su foco primario y pintó con un conocimiento que se sentía genuino la parte humana y personal de sus protagonistas, desde el dolor, la lucha de valores, el enfrentamiento a la norma y la corpulencia avasalladora de una fuerza que se tomó las calles de los barrios populares e infectó al resto de la ciudad. Y en la narración se ve que es algo natural como respirar, como para otros barrios era trabajar o hacer deporte, o hacer un baile de fin de año. La novela hace una reflexión sobre una época que marcó la vida de Medellín desde unos barrios, en un accionar de violencia y anomia que permeó a toda la ciudad y se llevó por delante la existencia de una generación de muchachos que encontraron en las bandas la única razón de ser y de vivir. Mientras hace literatura y narra de manera poderosa, el autor desnuda una realidad que produce un impacto en una sociedad que preferiría no ahondar mucho en el asunto. No siempre mirarse en el espejo es una experiencia confortable.  

Referencias

Correa, Á. A. R. El sicariato en la literatura colombiana: Aproximación desde algunas novelas.

García, Ó. C. (2004). La violencia en Medellín como tema literario contemporáneo. Estudios de literatura colombiana, (15), 79-97.

Franco Ramos, J. (1999), Rosario Tijeras, Madrid, Plaza & Jánes.

Jaramillo, M. M. Luis Fernando Macias: un escritor atento a sus circunstancias.

JASTRZĘBSKA, A. S. La sicaresca colombiana: la corriente narco como relectura del cánon literario. Relecturas y nuevos horizontes en los estudios hispánicos. Vol I. Literatura: poesía y narrativa, 169-177.

Macías Zuluaga, L. F. (1989). Ganzúa. Medellín: Concejo de Medellín.

Melo, J. O. (1994). Muerte y poesía en Medellín: la nueva novela de Fernando Vallejo. Biblioteca Virtual del Bando de la República. Bogotá: Bando de la República. https://jorgeorlandomelo.org/virgensicarios.htm

Mesa, G. (2015) La Cuadra Times. Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia,

Osorio, Ó. (2014). El narcotráfico en la novela colombiana (Vol. 1). Universidad del Valle.

Osorio, Ó. (2015). El sicario en la novela colombiana (Vol. 2). Universidad del Valle.

Osorio, O. (2015). La" Sicaresca": de La agudeza verbal al prejuicio crítico. Poligramas, (41), 75-96.

Pobutsky, A. B. (2010). Romantizando al verdugo: las novelas sicarescas Rosario Tijeras y La Virgen de los sicarios. Revista Iberoamericana, 76(232-233), 567-582.

Silveira, S. (2021). En qué momento se jodió Medellín: Sobre" La Virgen de los sicarios" de Fernando Vallejo. [sic]: Revista de Literatura y Arte de la Asociación de Profesores de Literatura de Uruguay, (28), 57-66.

Vallejo, F. (1994). La virgen de los sicarios. Alfaguara.

 









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